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Carne de Cabra




La cabra es uno de los pilares de la dieta canaria tradicional. Su carne —sobre todo la de chivo joven— se prepara de muchas maneras: guisos, escaldones, frita, en salmorejo, “chivito al ajillo”, asada… aunque más que por lujo, se ha consumido por necesidad, accesibilidad y adaptación al entorno. Es carne magra, sabrosa, relativamente barata, perfecta para un medio rural donde sustentar ganado bovino o porcino grandes era complicado.
Curiosidad:
Desde la época guanche, la cabra era ya carne habitual: los primeros pobladores criaban cabras y ovejas, y el pastoreo caprino formaba parte de su modo de vida.
Las razas autóctonas como la Cabra Majorera, la Palmera o la Tinerfeña tienen miles de años de adaptación al clima seco, terrenos escarpados y alimentos escasos. Esa adaptación las hace robustas, de bajo coste y fáciles de mantener.
La ganadería caprina mueve una parte muy importante de la economía local: carne + leche de cabra representan una buena porción de los ingresos agrícolas de las islas. La producción de carne de cabra tiene mucho peso frente a otras carnes, sobre todo en zonas rurales.
La carne de cabra era tradicionalmente más accesible que la vaca, porque la cabra requiere menos alimento, espacio y agua. No necesitaba pastos extensos, lo que se ajustaba mejor al paisaje fragmentado y árido de muchas zonas canarias.
Además del consumo local, la cría de cabras permitía aprovechar terrenos marginales (barrancos, laderas, zonas de laurisilva deteriorada, medianías) que no servían para otros cultivos.
Muchos platos tradicionales usan cabra como ingrediente central en festividades, fiestas de pueblo, reuniones familiares, lo que refuerza su presencia cultural más allá de lo alimenticio.
Otra ventaja histórica: su carne se podía conservar mejor en ciertas preparaciones y marinados, lo que era clave en épocas sin refrigeración.